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● Reseña de 'Vamos a tocar el agua' en Revista Paquidermo

Tocar el agua


Aparecido en Revista Paquidermo
Por Lena Zúñiga

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Por cosas menos importantes que la beca de Chaves, su año en Berlín coincidió con una época en que fui y vine a esa misma ciudad varias veces. Vivía unas cuantas semanas cada vez en diferentes barrios habitados mitad por hipsters y mitad por inmigrantes, donde nunca tuve la necesidad de aprender ni una palabra de alemán. Trabajaba en una oficina monástica de vidrio y cemento, con diseñadores que pensaban en superficies blancas y líneas muy rectas. A las cuatro y media de la tarde, cada vez que fue posible, salí corriendo a la estación del tren rumbo a Friedenau, a ver a mi familia.

Como casi todos mis amigos en Berlín tienen entre 25 y 30 años, cuando les preguntaba por Friedenau se encogían de hombros. Ni idea de qué hay después de Schöneberg. Quizás una tía lejana, un hermano mayor que se hizo analista financiero, tuvo hijos y ya no supimos más de él. Resultó ser un barrio bellísimo, un apartamento enorme, un escenario insospechado donde fuimos una mara latina que se quiere a gritos, en una calle respetable en la que uno se imaginaba a unos alemanes muy serios escribiendo filosofía del derecho.

Fui y vine como otros que solo se aparecieron convenientemente entre la primavera verde y el otoño romántico, sin avisar, trayendo nada más que flores de supermercado. Fui de la familia que llega a estorbar en la cocina, a joder con su vegetarianismo, a comerse todo el pan y tomarse las birras, a contribuir con el caos doméstico hasta altas horas de la noche y entre semana. De esos mismos cobardes que misteriosamente desaparecimos en el invierno berlinés, ni una carta con calcomanías, ni un mensaje de Wasap, mucho menos un pie en el suelo congelado.

Leer Vamos a tocar el agua me trae al centro de ese año improbable, en el que nos vimos más que cuando vivíamos en el mismo país. Estábamos todos en la misma situación de desorientación trasatlántica, afinados los instintos de supervivencia. Poco a poco, la familia se fue apoderando de la ciudad y de las estaciones, terminales naturales de esta historia.

Mientras Chaves escribe, Mariajo (heroína de todas las historias en mi imaginación) no se intimida ante obstáculo alguno, incluyendo encarar un problema más grande que todos nosotros al trabajar con niños afectados por la crisis de refugiados en Europa. La Mayor navega la ciudad y hace amigas de todos los idiomas y orígenes, en menos de lo que yo a su edad podría haber acumulado el valor de dirigirle la palabra a otra chiquita de nueve años. La Menor continúa en la ardua labor de seguir siendo ella misma a pesar de las revoluciones contextuales, su personalidad de gigante intacta ante la novedad.

Una vez, en el parque Gleisdreieck, pude capturar en una foto el segundo exacto en que Chaves suelta la bicicleta de La Menor, y ella sale pedaleando lejos del alcance de sus pulmones y sus chancletas. Ahí va la incertidumbre de la libertad pedaleando furiosa, la inevitable caída en el pasto tibio, las lágrimas que olvidamos, un abrazo que nunca es de despedida.

 

Jochen Vivallo